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Todo lo que puede salir mal

“Si yo fuera presidente, me pondría a leer la historia de ese fracaso, el del 55. Se pueden encontrar muchas excusas: que la situación política era distinta, que tuvieron que entregar el poder rápido, que era un gobierno sin legitimidad democrática, que él es más genial que sus antecesores, que Perón desestabilizaba desde afuera, que estaba la guerra fría, que los militares ya no existen. Pero hay algo de la lógica de esa misma idea que no funcionó. Por ejemplo, la inflación fue muy difícil de bajar. Y algo hay que hacer con los sindicatos. No se cual es su opinión, pero para mí es una suerte que existan. Por ahora susurran, ya gritarán. Después están los ricos. Festejan, se abrazan, aplauden. Se ubican en los puestos claves. Esa idea de que los ejecutivos van a controlar a las empresas de las que vienen es medio rara. No se olvide que hay mucha gente mirándolos sin mucho cariño.

En la ciudad de Buenos Aires hay decenas de librerías ocultas, donde el lugar de las novedades lo ocupan los incunables, los volúmenes ajados, las colecciones que ya no se encuentran, las litografías, las tapas de color madera, los ventiladores que andan a media máquina y las sombras. En una de ellas, que ocupa un subsuelo de la calle Florida, se refugia -ese es el verbo- un anciano economista, cuyo placer principal son los juegos de la memoria. Debe ser una de las pocas personas para las cuales internet -‘la internet’ la llama-no fue un aporte a la memoria de los humanos sino su destrucción. Ya nadie recuerda nada, dice, porque todo se puede encontrar en una maquinita.

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Dadas las marchas y contramarchas de la economía argentina, los periodistas políticos -y todas las personas sensatas- sabemos que siempre conviene tener a mano a un periodista de economía. He tenido el placer de compartir la amistad de algunos de ellos, de trabajar con varios y de escuchar a menudo a otros. Pero mi debilidad es este hombre al que recurro cada tanto, con la condición de no revelar jamás su identidad, por lo cual puede ocurrir que los datos de contexto de esta nota, sean falsos. A mí me gusta el señor porque tiene experiencia, parece sabio y porque nunca se atreve a hacer pronósticos.

–Yo soy apenas un especialista en detectar todo lo que puede salir mal– bromea siempre, con una sonrisa amable que, tal vez, a un fanático de Harry Potter, le haría recordar al magnífico Albus Dumbledore.

Muchas veces, cuando un Gobierno lanzaba un nuevo plan económico, lo fui a ver. Y nunca falló: siempre encontraba algún párrafo deslumbrante que, en general, servía para demostrar que no hay nada nuevo bajo el sol, que todo vuelve, que la Argentina es un país calesita y que, tal vez, los secretos sobre el futuro, se escondan en los libros de historia, mucho más que en los exagerados, efímeros, interesados ejemplares de los diarios. El sábado pasado no fue le excepción. Aparecí a las tres de la tarde, en medio del insoportable calor posnavideño. Dumbledore estaba tomando limonada mientras leía el eterno ‘La guerra del fin del Mundo’, de Vargas Llosa. Se aliviaba el calor con un viejo ventilador que giraba suave y erraticamente.

–¿Está contento?– me preguntó, apenas me vio.

Me encogí de hombros.

–No, porque ahora parece que todo el mundo está contento. Y uno se siente amargo, al lado de los demás. No es que no lo esté. Pero, vio, yo soy un especialista en ‘todo lo que puede salir mal’. Y me da miedo que tanta ilusión sea proporcional al enojo que venga después. ¿No sería la primera vez, no?
–Depende a quien frecuente– quise aclararle.

Dumbledore, entonces, me sirvió un poco de limonada con jenjibre (hasta él es permeable a las modas). Balbuceé algunas obviedades sobre los comienzos de mandato, donde todo parece novedoso, fresco, los medios apoyan casi sin fisuras, y se percibe una suave esperanza en que, finalmente, las cosas se enderecen.

El sonrió, comprensivo, tal vez resignado.

Bebió su vaso y fue al grano.

–Sabía que vendría. Tengo algo para usted.

Entonces acomodó una escalera bien a la izquierda de un pasillo lleno de estantes, se trepó con una habilidad que sobrevivía a otros achaques, apoyó el índice derecho sobre un libro finito, que se inclinó dócil hacia afuera. El hombre lo miró con la suficiencia de quien da en el blanco en el primer intento. Bajó de la escalera, se colocó unos viejísimos lentes marrones y se puso a hojearlo sin decir nada, ni un ‘ajá’, hasta que diez minutos después, sonrío: “Acá está lo que buscaba. Página 148”. Tomó un lápiz Faber y subrayó un párrafo.
Me lo alcanzó.

Me pidió que lo leyera en voz alta.

Le hice caso.

“La necesidad de una industrialización mejor encarada que la peronista era subrayada vigorosamente. Solo mediante ella la Argentina escaparía al destino común de los países de economía colonial. Pero, para lograr ese objetivo de largo plazo, se proponía aumentar nuestra disponibilidad de capitales, acreciendo las exportaciones agrícolo ganaderas. Una redistribución de ingresos nacionales de signo opuesto a la realizada por el peronismo era entonces indispensable para estimular al sector rural. Esa redistribución debía ser lograda mediante una reforma del complicado sistema de cambios y retenciones heredado del peronismo. Si la perspectiva era, entonces, la de una Argentina industrializada, ocupaba el plano más inmediato, el retorno temporario al predominio de la Argentina rural”.

Cerré el libro, impresionado. “¡Está hablando del plan de Macri!”. Miré, por primera vez, la tapa. El autor era Tulio Halperín Donghi, tal vez el más indiscutido de los historiadores argentinos, el texto era de 1995 y se llamaba ‘Argentina en el callejón’.

–No es el plan de Macri, es el de Raúl Presbich -dijo-¿No le da ganas de ver quiénes pretendían aplicar ese plan?

No necesitaba hacerlo, porque era obvio, pero le di el gusto. Se trataba de la idea económica que guió a la Revolución Libertadora, es decir, la dictadura que derrocó a Juan Domingo Perón.
–A mis amigos kirchneristas les va a encantar el dato-—le dije.

–¿Los tiene aún?

–Y, es gente complicada. Tengo menos y en menor intensidad, pero tengo.

–Lo felicito. A ellos les encantan esas comparaciones, que tal es como Hitler, que tal es como Mahoma, que tal es como Perón, que tal es como Martinez de Hoz. Por suerte, esas cosas no retumban en este sótano fuera del tiempo.

–¿Y usted?
–¿Yo qué?
–¿Qué piensa?¿Por qué esa idea fracasó?¿Puede triunfar ahora?¿Es un pretexto para que los ricos sean más ricos y los pobres sean más pobres, o tiene cierta lógica?

Dumbledore lanzó una risa. –Tienen razón los que lo acusan a usted de ser un poco kirchnerista. Relájese.
–No entiendo.

–Yo no tengo respuesta para todas esas preguntas, pero puedo decirle algunas cosas que pienso.
Y, entonces, arrancó con un imprevisto párrafo largo. “Una de las cosas que más me impactaron del período que acaba de terminar es el poco conocimiento que tenían de los elementos más básicos de la historia económica peronista. El modelo de industrialización de los 50 se agota en 1952 cuando se pierde la autonomía energética y, por lo tanto, el país se queda sin dólares. Es increíble que 60 años después haya pasado exactamente lo mismo”.

–Lo hablamos ya -lo interrumpí, solo por interrumpir.

–Sí, claro, pero no salgo de mi asombro. ¿No conocían lo que podía pasar? ¿Lo conocían y se creían invencibles?

–¿Tal vez un poco de cada cosa, no?

Dumbledore continuó. “Si yo fuera presidente, me pondría a leer la historia de ese fracaso, el del 55. Se pueden encontrar muchas excusas: que la situación política era distinta, que tuvieron que entregar el poder rápido, que era un gobierno sin legitimidad democrática, que él es más genial que sus antecesores, que Perón desestabilizaba desde afuera, que estaba la guerra fría, que los militares ya no existen. Pero hay algo de la lógica de esa misma idea que no funcionó. Por ejemplo, la inflación fue muy difícil de bajar. Y algo hay que hacer con los sindicatos. No se cual es su opinión, pero para mí es una suerte que existan. Por ahora susurran, ya gritarán. Después están los ricos. Festejan, se abrazan, aplauden. Se ubican en los puestos claves. Esa idea de que los ejecutivos van a controlar a las empresas de las que vienen es medio rara. No se olvide que hay mucha gente mirándolos sin mucho cariño. Y además está el problema de siempre: el tipo de cambio necesario para el desarrollo es socialmente inaceptable. Ese problema nos hace rebotar contra el piso y contra el techo desde hace setenta años. Parece que no está, pero luego aparece y, cuando aparece, ya es tarde”.

Era tarde ya y me tenía que ir.

–Es pesimista, entonces -quise cerrar.

–De ninguna manera. Yo me dedico a ver todo lo que puede fallar. Pero estoy dispuesto a sorprenderme. ¿O a usted nunca lo sorprendió este país?

–Sí, pero más para mal.

–Pero, a veces, para bien.

–Por lo menos, me dio un buen párrafo.

–Yo no soy quien, pero si me habilita, le doy un consejo: no lo escriba. No tiene sentido. Son momentos de buena onda. Nadie va a querer leerlo. No se meta en problemas.

Le prometí no hacerlo y me fui. Qué más da. Pero era un buen párrafo, de verdad. Y un buen párrafo no se encuentra demasiado a menudo.

ERNESTO TENEMBAUM-29 dic.2015-Opinión

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